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BERLÍN, feb (IPS) - La biodiversidad, ya en rápido declive a
consecuencia del cambio climático y de la agricultura intensiva,
padece también la amenaza de la modificación genética de
semillas, señaló el ecologista alemán Benedikt Haerlin.
Ésta es peligrosa, "dado que está al inicio de la cadena
agrícola y puede propagarse por toda ella", dijo Haerlin, ex
director de campaña de la organización ambiental Greenpeace y ex
miembro del Parlamento Europeo.
Actualmente Haerlin lidera la campaña global "Salvemos
nuestras semillas", en cooperación con unas 300 entidades
ambientalistas de toda Europa.
La campaña llama la atención sobre los planes de la Comisión
Europea, órgano ejecutivo de la Unión Europea (UE), de tolerar
una contaminación "accidental o técnicamente inevitable" de las
semillas convencionales con variedades transgénicas.
En septiembre de 2004, la Comisión Europea buscó la
aprobación de una directiva que permitiera hasta 0,7 por ciento
de organismos genéticamente modificados en las semillas de maíz y
canola sin etiquetar.
Pero feroces protestas de agricultores orgánicos y entidades
ambientalistas obligaron a la Comisión a retirar la propuesta.
Desde entonces, el órgano de la UE no ha presentado ninguna
recomendación nueva.
Algunos comisarios, como Stavros Dimas, que entre 2004 y
2009 estuvo a cargo del ambiente, incluso cuestionaron que
fueran necesarios los topes. Aunque el mandato de la actual
Comisión terminó en octubre, Dimas todavía se desempeña como
comisario ambiental hasta que se aprueben nuevas autoridades.
"Sin embargo, la posición oficial de la Comisión Europea es
que se está trabajando en una nueva propuesta para la
especificación de valores de tope para la contaminación genética
de las semillas", dijo Haerlin a IPS.
Según él, decir que esa contaminación con transgénicos es
"accidental o técnicamente inevitable" es engañoso. "Para
forraje o incluso para alimentos, que la contaminación genética
inferior a 0,9 por ciento no esté declarada puede ser aceptable.
Por lo menos, puedo estar seguro de que esa contaminación no se
extenderá a otras áreas de la vida", explicó Haerlin.
No ocurre lo mismo en el caso de las semillas, dijo. "Las
semillas transgénicas pueden contaminar los cultivos de
campesinos y granjeros que se oponen a ellas. Luego de la
contaminación, se verán obligados a demostrar el origen de la
contaminación", señaló.
"Los agricultores que usan lo que creen son semillas
orgánicas, pero que han sido genéticamente contaminadas,
continuarán usando parte del cultivo contaminado como semillas
para la siguiente temporada, y multiplicarán y propagarán la
contaminación", sostuvo.
"El impacto más importante de la agricultura transgénica
radica en las condiciones sociales y económicas de los
cultivadores", dijo Haerlin a IPS.
"En general, la agricultura de transgénicos vuelve a los
cultivadores dependientes del gran negocio agroquímico, y
también provoca conflictos entre campesinos y propietarios de la
tierra", agregó.
Haerlin acusó a los gigantes agroquímicos que controlan el
mercado de semillas transgénicas de usar "las puertas traseras y
la mala legislación para colocar sus semillas en el mercado.
Saben que de otro modo no venderían sus semillas".
También advirtió que la investigación y el desarrollo en la
agricultura tiene lugar "cada vez más sólo en los laboratorios
químicos, y no en el campo, y se concentran en apenas un puñado
de empresas".
Por esta causa, las semillas orgánicas tradicionales están
desapareciendo, sostuvo.
"Las consecuencias ambientales son enormes y extremadamente
peligrosas, y una vez que ocurren es demasiado tarde para
revertir la marea", dijo Haerlin.
Según expertos en ambiente y agricultura, hace 25 años había
por lo menos 7.000 productores de semillas en todo el mundo, y
ninguno de ellos controlaba más de uno por ciento del mercado
global.
Actualmente, luego de una serie de adquisiciones, 10
importantes multinacionales de la bioquímica, entre ellas
Monsanto, DuPont-Pioneer, Syngenta, Bayer Cropscience, BASF y Dow
AgroSciences, controlan más de 50 por ciento del mercado de las
semillas.
"El objetivo de estas compañías es, por supuesto, hacer
ganancias", dijo Haerlin a IPS.
"A fin de mejorar sus ganancias, todas ellas aplican una
estrategia para incrementar su control del mercado: imponen a
los agricultores de todo el mundo la llamada integración vertical
de insumos, desde semillas hasta fertilizantes y pesticidas,
todos de una misma marca", explicó.
Esa "integración vertical de insumos" ha transformado a al
agricultura de los países en desarrollo en un negocio de dos
clases, dijo a IPS Angelika Hillbeck, investigadora en materia de
bioseguridad y agricultura en el Instituto Federal Suizo de
Tecnología, en Zurich.
"En los países en desarrollo hay una clase de agricultores
con grandes plantaciones y suficiente dinero que pueden darse el
lujo de comprar todos los insumos de las principales empresas
bioquímicas, desde semillas y fertilizantes hasta pesticidas y
conservantes", planteó.
Pero también están los pequeños agricultores, que no pueden
acceder económicamente a los mercados bioquímicos. Además, las
semillas transgénicas han desplazado a las orgánicas, reducido la
diversidad botánica, especialmente en los países pobres, y
contribuido a una mayor devastación de la biodiversidad en
general.
Todos los países miembro de la UE se han integrado a la
campaña de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para
declarar a 2010 "Año Internacional de la Diversidad Biológica",
en un esfuerzo por enfatizar la necesidad de proteger la variedad
de flora y fauna.
La ONU reconoció que el objetivo fijado en 2003 de frenar la
destrucción de biodiversidad para 2010 no se alcanzará.
El compromiso europeo a favor de la biodiversidad parece ser
apenas una falsa alabanza a la causa ambiental, dado que, en
realidad, las instituciones europeas apoyan a las multinacionales
que buscan legalizar la contaminación genética.
Además, las instituciones europeas parecen tener puertas
giratorias que conectan a algunos de sus principales
funcionarios con empresas privadas dedicadas a la bioquímica y
los agronegocios, como muestra el caso de Suzy Renckens.
Hasta 2008, Renckens fue directora de la unidad de
transgénicos de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria
(EFSA, por sus siglas en inglés) y coordinadora del panel de
científicos europeos que estudian este tema.
Un mes después de renunciar a la EFSA, Renckens asumió la
dirección de los asuntos regulatorios de biotecnología para
Europa, África y Medio Oriente en Syngenta, una de las
principales compañías europeas de agronegocios.
Según sus propias palabras, Renckens ahora ejerce presión en
nombre de Syngenta para influir en la toma de decisiones de la
UE en materia de transgénicos. Es exactamente el mismo tema de
cuya regulación era responsable cuando estaba en la EFSA.
Haerlin dijo que la campaña "Salvemos nuestras semillas",
coordinada por la Foundation on Future Farming, con sede en
Berlín, elevó una petición a la Comisión Europea y otras
autoridades europeas exigiendo una prohibición de las semillas
transgénicas. Hasta ahora la firmaron más de 200.000 ciudadanos
de la UE.
El texto enfatiza la protección del ambiente y la salud
humana y señala que "la pureza de las semillas tiene que ser
garantizada por quienes producen o desean cultivar organismos
genéticamente modificados, y no por quienes continúan cultivando
y consumiendo productos sin" ellos.
Los costos derivados de esta obligación deberán ser pagados
por quienes producen los transgénicos, agrega.
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