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El Mercurio. 6 de Diciembre de 2009
Tres chilenos que viven en verde
La experiencia de reducir las emisiones de CO {-2} en la casa:

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Le costó convencer a sus compañeros de departamento, lo trataron de idealista, pero una vez que instaló un huerto, todos se sumaron al esfuerzo. José Antonio Sánchez, un ingeniero mecánico de 28 años, vive en Monjitas junto a dos amigos, en un departamento de último piso con balcones que dan al norte y al sur. "Prefiero el campo, pero si voy a vivir en la ciudad, prefiero estar en el centro mismo", cuenta. "Cuando arrendé, mi prioridad era que el departamento diera al norte, para desarrollar este huerto".

Como Sánchez, hay otra gente preocupada de vivir tratando de bajar sus emisiones de carbono. Y aunque el huerto parece un lugar común entre los que se preocupan por el medio ambiente, las maneras de bajar los niveles personales de emisión de CO {-2} varían. Y bastante.

Si Sánchez invirtió alrededor de 500 mil pesos en diferentes cambios para su hogar, el arquitecto Pablo Sills (42 años), gasto poco más de veinte millones en implementaciones varias para su departamento.

Entre otras cosas, Sills invirtió en paneles solares que dan electricidad y agua caliente, baterías para almacenar energía y una cubierta vegetal en su terraza del último piso para aislar el departamento del calor.

Pero, a pesar del gran costo, él cuenta que su gran cambio empezó por mudarse de barrio. "Antes vivía en Huechuraba y quemaba 30 kilómetros en bencina diarios para ir y volver del trabajo. Con mi señora decidimos cambiarnos por ese motivo, pero a un departamento amplio, en un último piso, para instalar una gran terraza en la azotea. Con el solo ahorro en transporte dejamos de emitir siete toneladas de CO {-2} al año".

En la ciudad, Sills se va en bicicleta al trabajo y sólo usa el auto para salir fuera de Santiago. "Ese es el gran cambio que puede empezar a hacer mucha gente: vivir cerca de sus lugares de trabajo".

Paula Casanova, 33 años, se tituló de diseñadora, pero de a poco fue orientando su profesión a un camino de vida orgánico. "Viví en Europa cinco años y ahí el tema de la sustentabilidad era muy fuerte. Cuando llegué a Chile y empecé a decir que había que comer sin aditivos ni químicos, me miraban como loca".

La percepción ha ido cambiando de a poco, sobre todo después del posicionamiento del calentamiento global en la agenda mundial, generado principalmente por el documental de Al Gore, "Una verdad incómoda". Según Casanova, el tema en Chile está partiendo por las empresas. "Son ellas las que piden asesorías y están empezando a adoptar cambios y a enseñarles a sus empleados este tema. Tengo toda la fe que cuando el tema se consolide a nivel empresarial, va a haber un cambio de switch aún más poderoso en la gente".

Ese switch ya lo experimentó Sánchez en su departamento del centro. Con ingenio, decidió sacar el calefont de la cocina y el baño y adaptar el departamento entero al uso de gas licuado. "Así uno regula sus duchas porque el uso no es ilimitado como en el gas por cañerías, pero también se gasta mucho menos. Si antes pagábamos 30 mil en la cuenta del gas, ahora gastamos alrededor de 8 mil".

La millonaria inversión de Sills, por otro lado, le reporta un ahorro de 400 mil pesos en gas. "En luz gastamos 3 o 4 mil pesos mensuales. Sólo tenemos el microondas y el horno conectado a la electricidad convencional. Aún así, si estuviera en Europa recuperaría la inversión mucho más rápido porque ellos tienen subsidios y las compañías de electricidad compran la energía que a uno le sobra".

Casanova es de las que creen que el tema de la sustentabilidad no es sólo una cuestión de hacer cambios en el hogar, también hay que apostar por el cuerpo mismo. "Tengo un huerto que me provee de muchos vegetales que no necesito comprar y una compostera para botar desechos orgánicos, pero un cambio clave es no tener microondas. Es impresionante los nutrientes que pierde la comida por las radiaciones y por el recalentamiento. Pierde muchas de sus propiedades. Optar por cocinar lo justo para comer en el momento suena trabajoso, pero los beneficios para el sistema inmunológico son impresionantes. Con mi dieta, no me he tomado una aspirina en 15 años".

Sánchez, de alguna manera concuerda con Casanova: "Siento que una lechuga orgánica me satisface mucho más que una lechuga de supermercado, quizás, porque la lechuga orgánica no tiene ningún químico ni fertilizante. Eso lo entendieron mis compañeros de departamento: Voy todos los sábados a hacer las compras de vegetales a Apio Palta, una tienda orgánica en Vitacura".

Sills, por su lado, es menos drástico cuando se trata de comida. Junto a su señora comen carne (de hecho, tiene parrilla) y no le dan mucha importancia a la proveniencia de los vegetales (aunque tienen un pequeño huerto en el balcón). Sí tiene cajas (al igual que Sánchez) donde recicla desde envases de alusa hasta botellas de vidrios.

Los tres, Sánchez, Sills y Casanova, con estilos diferentes, han emprendido un camino de vida verde. "Todo pasa por empezar", dice Sánchez. "No hay que hacer todos los cambios de inmediato, porque puede ser estresante. Pero si uno va incorporando pequeños hábitos verdes de a poco, el estilo de vida va a ser mucho más fácil de llevar".

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